18/11/12

Rayuela (Partes sueltas)

Siempre estropeaba el mate, tirando de un lado y del otro la bombilla, revolviéndola como si estuviera haciendo polenta.
- No me importa si lo digo mal y te hacen reír mis palabras. Yo hablo como puedo, no sé decir lo que siento [...] ¿Por qué me haces sufrir bobo? Yo sé que estás cansado, que no me querés más. Nunca me quisiste, era otra cosa, una manera de soñar [...] A mi ya me ha pasado tantas veces.
La Maga revolvía la bombilla. Había agachado la cabeza y todo el pelo le cayó de golpe sobre la cara, borrando la expresión que Oliveira había espiado con aire indiferente [...] Le tiró un manotón al pelo, echándoselo para atrás brutalmente como si corriera una cortina. 
- Por suerte te importa - dijo Oliveira - Si no me estuvieras mirando así te despreciaría. Sos maravillosa [...] Las lagrimas estropean el gusto de la yerba, es sabido.
Los ojos que la miraban brillando entre las lagrimas. Se besaron al revés, ella arriba y él con el pelo colgando como un fleco, se besaron mordiéndose un poco porque sus bocas no se reconocían, estaban buscando bocas diferentes, buscándose con las manos en un enredo infernal de pelo colgado y el mate que se había volcado. 

- Vos no sabes llorar, Horacio, es una de las cosas que no sabes.
- Nunca nos quisimos - Le dijo besándola en el pelo.
- No hablés por mi - Dijo la Maga cerrando los ojos - Vos no podés saber si yo te quiero o no. Ni siquiera eso podes saber.

- ¿Tan ciego me creés?
- Al contrario, te haría tanto bien quedarte un poco ciego.
- Yo creo que necesito estar solo; realmente no sé lo qué voy a hacer [...] Les hago la injusticia de tratarlos mal y no quiero que siga.
- Por mi [...] no te tenes que preocupar.
- No me preocupo pero andamos enredados en los tobillos del otro [...] vos te vas a arreglar perfectamente sin mi.
- Sí, Horacio.
(...)
- Por favor, Horacio - Dijo la Maga abrazándose a él y escondiendo la cara.
- Por supuesto que no encontraremos mágicamente en los sitios más extraños [...] Vos apareciste en la esquina y nos quedamos mirándonos como idiotas.

- A mi me pareció que yo podía protegerte. No digas nada. En seguida me di cuenta que no me necesitabas. Hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas. 
- Precioso, lo que decís.
- [...] pero ya sabes, en el fondo no nos encontrábamos. Me di cuenta enseguida, Horacio, pero las sonatas eran tan hermosas.
[...] la Maga lo apretó contra ella, se fue resbalando hasta ceñirle las rodillas, temblando y llorando.
- ¿Por qué te afligís así?
- No te vayas - Murmuro la Maga apretándole las piernas.
- Una vuelta por ahí nomás.

- No, no te vayas.
- Dejame. Sabes muy bien que voy a volver, por lo menos esta noche.
- Vamos juntos.
Le acariciaba el pelo, le pasó los dedos por el collar, la besó en la nuca, detrás de la oreja, oyéndola llorar con todo el pelo colgándole en la cara [...] Le levantó la cara, la obligó a mirarlo.
- No malgastes las lágrimas conmigo.
- ¿Por qué? - Dijo la Maga sin moverse del suelo, mirándolo como un perro.
- ¿Por qué qué?
- ¿Por qué?
- Ah, vos querés decir por qué todo esto. Andá a saber, yo creo que ni vos ni yo tenemos demasiado la culpa. No somos adultos, Lucía. Es un merito pero se paga caro. Los chicos se tiran siempre de los pelos después de haber jugado. Debe ser algo así. Habría que pensarlo. 

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